Por Pedro Taracena
Desde hace dos años nos desgobierna el gobierno de la derecha, es decir, el gobierno del
Partido Popular, que es lo mismo que reconocer que tenemos un Gobierno
franquista, heredero del franquismo porque ni ha condenado la dictadura y
tampoco la considera perversa y cruel, sino que es una etapa más de la Historia de España. El lenguaje utilizado es engañoso y las conductas hay que llamarlas por
su nombre. La dictadura franquista cometió un genocidio y todo aquel que habiendo colaborado en sus crímenes, o se obstina en no condenarlo sigue
denominándose con el
mismo nombre de franquista. Efectivamente si su edad no le hace contemporáneo con los crímenes cometidos, no serán unos criminales pero sí franquistas, porque asumen toda su
idolología. Más aún, hacen compatible el no condenar la dictadura con jurar y hacer
jurar la Constitución Española. En esto van a la zaga el Rey de España y el Partido Popular. Vergonzosa
secuela del pasado. Este es el marco referencial donde se mueven, no solamente
los herederos legítimos de Franco,
sino toda la comparsa que a pesar de militar en las filas de la izquierda;
viniendo de la clandestinidad y del exilio, no obstante, desgustan las mieles
de la Transición, que para las víctimas del franquismo siguen siendo hiel
del olvido más ignominioso. Todo
esto que acabo de escribir es demagogia pura y la Transición es tan verdad como el Credo que se
definió en Nicea. La misma
oposición actual, hija de
la Transición, utiliza un
idioma políticamente
correcto, sin llamar las cosas por su nombre. Pero del idioma de los dichos
pasemos al idioma de los hechos...
Todos y cada uno de los ministros
franquistas tiene como objetivo el desmantelar el Estado del Bienestar, inspirándose en el nacionalcatolicismo y escribiendo
al dictado de los empresarios. Se consideran y lo son un gobierno legítimo que lo es, que legisla legalmente y es
cierto. Pero lejos de la Constitución Española y de la
Declaración Universal de
los Derechos Humanos. Toda la legislación producida por los franquistas en el poder, la han logrado
confundiendo su democrática mayoría absoluta, con el uso del poder
absolutista, cuyo resultado es sembrar la injusticia, provocada por los
recortes que ellos llaman reformas. Cada ministro enarbola la bandera del
caudillo salvador, imitando a su padre fundador, aquel Caudillo de España, que lo fue por la Gracia de Dios. Pera
para no desviarse de la demagogia de mi escrito, el balance de los hechos están ahí. La Salud Pública ha mermado,
abunda el hambre, la falta de asistencia sanitaria y la muerte prematura es un
hecho. La Educación Pública está al servicio de la eficacia empresarial, los ricos y
la Iglesia. La Asistencia a la Dependencia, ya no existe sin haberla terminado
de implantar. El Gobierno satisface a la Banca, la Patronal, poniendo en manos
del poder económico la Reforma
Laboral, madre de todos los crímenes: Paro,
desahucio, emigración, frustración juvenil, desigualdad, marginación y exclusión social, en suma.
No obstante, todavía les quedan dos años para terminar de destruir el Estado
cimentado sobre la Constitución, que ellos se
han encargado de fosilizarla. Uno de los diáconos encargado de servir de lacayo de la Iglesia, que tan largo
camino recorrieron juntos los franquistas y los obispos, es el siervo de
sacristías Ruíz Gallardón. Está a punto de sacar del horno para degustación del Episcopado y el Opus Dei, la ley
que vuelve a penalizar el derecho de las mujeres a ser o no ser madres. Una ley
franquista donde las haya. Sin olvidar que cínicamente ha reformado la Justicia para que sea inalcanzable para
quien no tenga dinero para pagarla. Cada golpe regresivo en la legislación española tiene un ministro que muestra con saña y chulería su revancha refrenada en épocas pasadas. Ahora está la amenaza de otro recalcitrante del
catolicismo, Fernández Díaz, haciendo una ley que va a hacer de
España un modelo de
seguridad. La gran verdad es que el pueblo en las calles les deja trémulos de
pavor. Les molesta y desean acabar con las manifestaciones, las discrepancias,
las denuncias en la cara, las huelgas reivindicativas, y sobre todo que las imágenes de la represión den la vuelta al mundo; defenestrando
la mal trecha marca España. Los tintes del señor ministro, exprese él lo que exprese, son dictatoriales,
franquistas y anticonstitucionales. Este señor no se ha leído la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
establecida por la ONU en 1948, no porque no sepa leer, sino porque tendría que
demitir...
Mientras este estado de cosas sucede
fehacientemente, el Partido Popular está instalado en la vida en la
mentira, jaleado por voceros, tertulianos y medios pagados para seguir engañando al pueblo. Y rubrica este status quo nefasto y perverso, la
corrupción. Los tres
Poderes del Estado, las empresas y los sindicatos, junto al vicio de la
corrupción les acompañan el hábito perverso de no dimitir. En España nadie dimite por nada. Teniendo en
cuenta que la palabra presunto es
sagrada. Al ciudadano se le ha dicho que si al corrupto se le antepone el prefijo presunto, se le puede votar y ser elegido… “Sí, se puede”. Reza el eslogan del pueblo en la calle. Este eslogan lo hemos
hecho nuestro muchos ciudadanos, pero
hay que romper el paradigma del Gobierno. Este paradigma consiste en mantener
la mentira de que no había otra salida posible
que nos alejara del cumplimiento del oráculo del panteón, cual templo
romano de los dioses, en este caso del nuevo Becerro de Oro de los mercados. Hay que desenmascarar a
estos secuaces que manipulan la Unión Europea. Hay que desempolvar vocablos que están esperando para ser utilizados: Insumisión ante la injusticia, insulto correspondiendo
al insulto, franquismo, fascismo, represión y lo más importante, enterrar
el miedo. La irritación del ministro de
las cuchillas pasivas disuasorias en
el Congreso contra un diputado, es mal augurio para la democracia. Cuidado que
viene…
¡Viva la demagogia!
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